Dolor crónico: cuando la narrativa oficial puede complicarlo

Hablar de dolor crónico es hablar de sufrimiento humano. El dolor es una experiencia realmente compleja que nos puede condicionar nuestra vida. Actualmente, se le intenta introducir en la categoría de enfermedad crónica. Imagino que la idea es validar el sufrimiento de la persona que convive con el dolor, pero esto tiene un coste. La intención es correcta, pero cuando esa validación se convierte en una identidad de enfermedad, puede terminar reforzando el problema. Así que surge una cuestión obligada. ¿Debemos considerar una experiencia desagradable (dolor) como una enfermedad sin evidencias de lesiones o causas patológicas?

Las personas que sufren dolor crónico suelen realizar un peregrinaje por diferentes profesionales de la salud tratando de encontrar una solución. Buscan alivio. Van al médico, les mandan hacerse pruebas diagnósticas por imagen (Rx, Rm, Eco) y mientras les recetan medicación. Si la medicación no funciona, les ofrecen infiltraciones. A veces, son “mano de santo” durante un período de tiempo claro. A los que tienen suerte, los envían a rehabilitación para hacer ejercicios controlados y específicos para el problema que tienen.

Algunos avanzan y recuperan su funcionalidad. Otros tantos, no terminan de sentirse bien. A medias con eso, algunos pacientes reciben educación en neurociencia del dolor, pero claro, en supervisión con el enfoque biomédico actual (mantenemos la medicación y vamos viendo).

En muchos casos, el paciente experimenta un cierto alivio inicial al sentirse validado, escuchado y tratado. Pero cuando deja el programa de la unidad del dolor, en ocasiones, vuelve a sentirse mal. Y se reanuda el peregrinaje en conjunto con la indefensión ¿Pero qué ha pasado? Si todo iba bien. Que la narrativa no ha cambiado. La persona ha entrado en una categoría de enferma crónica y el organismo opera como tal. Cuando una persona aprende que su cuerpo está dañado, su organismo empieza a comportarse como si realmente lo estuviera.

—Cuerpo frágil, dolido y contracturado—.

Otra cuestión que me surge, ¿cómo es que aun se suele intervenir en orden inverso? En la mayoría de centros médicos no siguen el orden establecido que sugieren las guías clínicas oficiales para el tratamiento del dolor. En otras palabras, muchas guías clínicas actuales señalan que la educación y el movimiento progresivo deberían ocupar un lugar central en el abordaje del dolor persistente. Pero ojo, educar no es solo explicar aspectos teóricos sobre el dolor, es invitar a la reflexión profunda sobre los aprendizajes. Es explicar fundamentos biológicos del organismo humano.

El problema que enfrentamos algunos profesionales respecto a esto, es que como la narrativa no es conocida por la mayoría de los usuarios, al hablarles de educación en neurociencia, creen que estamos haciendo algo nuevo, desconocido. Se preguntan: ¿y cómo es que nadie me ha hablado de esto antes? Aquí aparece un sesgo muy humano: tendemos a confiar más en lo conocido que en lo desconocido. Lo nuevo es incierto, por lo tanto, sigo con lo que conozco. Reposo, inacción, medicación y calor. Todo esfuerzo físico es igual a peligro de contracturarse y hacerse más daño. Y justo así corroboramos la idea de un organismo enfermo.

Tal vez el reto no sea únicamente encontrar nuevos tratamientos para el dolor crónico, sino revisar la forma en que lo explicamos. Porque la narrativa que utilizamos para entender el dolor también puede influir en cómo el organismo lo experimenta.

Un saludo!

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